Los abogados y el boca a oreja

Tradicionalmente los abogados han sido enemigos de la publicidad. En parte por pudor, en parte porque las normas deontológicas que nos han regido durante mucho tiempo sólo pueden catalogarse de decimonónicas, el hecho cierto es que aún nos resulta raro ver cómo en otros países los abogados se anuncian en vallas y televisiones.

En España los letrados han fiado el óptimo devenir de su clientela a la capacidad de convicción de su clientes satisfechos. Por lo demás, poco que añadir: una plaquita de latón, y una tarjeta de visita que subrepticiamente colocábamos en la mano de cualquier interlocutor desprevenido. El abogado era pues tan bueno como los relatos que sobre el mismo circularan entre los usuarios que hubieran estado en sus manos alguna vez. Nada existía más allá del boca a oreja.

Por eso la abogacía ha sido uno de los sectores más despistados con la eclosión de internet y las redes sociales. Alguno -no todos, ni siquiera la mayoría- tienen una página web, más porque alguien les ha dicho que deben tenerla que porque tengan la más mínima intención de sacarle algún partido. No les hables de SEO, o de landing pages, o de conversiones. Ellos tienen una web con la foto de unos actores anglosajones haciéndose pasar por abogados, con una serie de lugares comunes hechos con mucha honestidad y experiencia, y por último un formulario de contacto al que nadie escribirá.

Esos abogados - que no son pocos- que viven aún en el pleistoceno, capaces de realizar el noventa por ciento de sus compras por internet -los abogados tenemos muy poco tiempo libres- pero incapaces de entender que el noventa por ciento de su clientela también busca abogados por internet son una especie en claro peligro de extinción.

El boca a oreja ha muerto, que viva el Me Gusta.

 

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